A veces pensamos que nuestras relaciones serían mejores si pudiéramos cambiar algunas cosas de las personas que queremos. Y seguramente es verdad. Todos tenemos defectos y amar a alguien no significa pensar que todo en él está bien ni renunciar al deseo de que mejore. Pero hay una diferencia importante entre querer que alguien sea mejor y querer que sea como nosotros queremos. En el segundo caso, si pudiéramos llevar nuestro deseo hasta el final, quizá conseguiríamos una persona que pensara como nosotros, reaccionara como esperamos y nunca hiciera nada que pudiera decepcionarnos. Habríamos eliminado muchos problemas. Aunque no está claro que todavía quedara alguien al otro lado con quien encontrarnos.
Porque quizá el encuentro comienza precisamente allí donde el otro no coincide conmigo. Sus diferencias pueden irritarme, obligarme a esperar, poner a prueba mi paciencia y, en ocasiones, hacerme sufrir. Pero también pueden mostrarme cosas que yo no veía y obligarme a salir de mí mismo. Naturalmente, querer a alguien imperfecto no significa aceptar cualquier comportamiento ni dejar de ayudarle a cambiar. Significa reconocer que, mientras él cambia, acaso yo también tenga algo que aprender. Quizá una relación perfecta no sea aquella en la que conseguimos que el otro sea como queremos, sino aquella en la que ninguno de los dos necesita dejar de ser otro para poder encontrarse.
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