El Kindle y los ebooks tienen ventajas evidentes. Permiten llevar una biblioteca entera encima, acceder a libros difíciles de encontrar y leer con enorme comodidad. Y eso no es poca cosa.
Sin embargo,
sospecho que existe una diferencia importante entre leer un libro y simplemente
visualizar texto.
El libro físico
no sólo contiene palabras: también nos sitúa corporalmente dentro de la
lectura. Sabemos intuitivamente dónde estamos, cuánto hemos avanzado, cuánto
queda. Recordamos que una idea aparecía “hacia la mitad”, que cierta escena
estaba “casi al final”. Incluso el peso del libro cambia mientras avanzamos.
Todo eso
construye una relación espacial y temporal con la obra.
En el Kindle,
en cambio, el texto aparece más homogéneo, más abstracto, más desligado de un
lugar concreto dentro del libro. Y quizá por eso ocurre algo curioso: volvemos
a la lectura y descubrimos que faltaban apenas dos párrafos para terminar el
capítulo sin que lo hubiéramos percibido.
No es una
crítica al ebook. Yo mismo reconozco que hay libros imposibles de conseguir en
papel y que el acceso digital resulta extraordinario. Pero sospecho que la
experiencia de lectura profunda no es exactamente la misma.
Tal vez ocurre
con los libros algo parecido a lo que sucede con los lugares: no es igual
habitar un espacio real que desplazarse por una representación funcional del
mismo.
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