domingo, 27 de septiembre de 2026

El precio de querer a alguien

 



El precio de querer a alguien

Hay una consecuencia extraña de querer a alguien de la que hablamos poco. Cuando una persona empieza a importarnos de verdad, nuestra vida se hace más rica, pero también más frágil. Antes de conocerla no podíamos temer perderla. Ahora sí. No tenemos miedo de perder simplemente porque seamos miedosos: tenemos miedo porque antes hemos encontrado algo que vale la pena conservar.

La literatura lo sabe desde antiguo. Príamo es rey de Troya, pero su poder no puede impedir que Aquiles mate a Héctor. Entonces ocurre algo extraordinario: el rey poderoso acude de noche, desarmado, ante el hombre que ha matado a su hijo, y le suplica que le devuelva el cadáver. El amor ha hecho vulnerable al rey. La suerte de Héctor se había convertido en parte de la suya.

Quizá donde esto se descubre con mayor claridad sea cuando nace un hijo. De pronto aparecen miedos que antes no existían: que enferme, que sufra, que se equivoque, que un día necesite nuestra ayuda y no podamos dársela. Pero sucede también cuando nos enamoramos, con nuestros amigos o cuando nuestros padres envejecen. Alguien deja de ser simplemente otro y su suerte empieza a importarnos como cosa propia.

Ahí aparece una dificultad. Sobre nuestra vida podemos ejercer algún control: decidir, planear, prever. Pero cuando queremos a alguien, una parte importante de nuestra felicidad depende de una vida que no controlamos. Podemos cuidar a un hijo, educarlo y aconsejarlo, pero no garantizar que nunca sufrirá. Podemos querer a nuestra pareja, pero no garantizar que nunca se marchará. Amar es permitir que otra vida nos afecte profundamente sabiendo, al mismo tiempo, que esa vida no nos pertenece.

Y aquí conviene evitar un equívoco: el miedo puede nacer del amor, pero el miedo no es la medida del amor. Unos padres angustiados no quieren necesariamente más a su hijo que unos padres serenos. Es más: el miedo puede acabar deformando el amor. Podemos empezar queriendo proteger y terminar controlando; queriendo cuidar y terminar decidiendo por el otro; queriendo conservar a alguien y terminar poseyéndolo.

Existe, naturalmente, una manera de protegernos de todo esto: procurar que nadie nos importe demasiado. Mantener una prudente distancia de seguridad. Si no entregamos nada, no tenemos nada que perder. Es una estrategia razonablemente eficaz para evitar ciertas heridas. La pregunta es qué clase de vida estamos protegiendo si para volvernos invulnerables necesitamos conseguir que nadie nos importe de verdad.

Quizá, por eso, la cuestión no sea cómo amar sin hacernos vulnerables. Tal vez eso sea imposible. La cuestión es cómo aceptar la vulnerabilidad que introduce el amor sin convertirla en miedo, posesión o voluntad de control; cómo cuidar sin poseer, acompañar sin decidir por el otro y querer profundamente a alguien aceptando que su vida no está en nuestras manos.

De eso hablo en el nuevo vídeo de Tinta y Caos, El precio de querer a alguien:

https://youtu.be/MLTsEmE4wgc

Porque quizá amar consista, entre otras cosas, en aprender algo extraordinariamente difícil: querer profundamente aquello que no podemos controlar.


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