Existe una idea muy extendida según la cual la libertad consistiría en no seguir a nadie. El individuo libre sería aquel que no se deja influir, que no admira, que no depende de ninguna tradición, comunidad o autoridad. Pero la experiencia cotidiana desmiente esa imagen. Los seres humanos aprendemos por imitación, vivimos en comunidad, buscamos modelos y organizamos nuestra vida en torno a ideales que consideramos valiosos. Nadie crece completamente solo. Nadie se orienta sin referencias. Todos seguimos alguna música.
La cuestión
decisiva no es si seguimos una melodía, sino cuál. Hay músicas que elevan y
músicas que degradan; músicas que nos ayudan a desplegar lo mejor de nosotros
mismos y músicas que nos dispersan. Y hay también músicas para bailar solos y
músicas para bailar acompañados. Algunas nos encierran en nosotros mismos;
otras nos permiten encontrarnos con los demás, compartir un horizonte común y
construir juntos una vida significativa.
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