El vecino de
la lechera
Todos conocemos
la historia de la lechera.
Camina con su
cántaro sobre la cabeza y, mientras avanza, comienza a imaginar el futuro.
Venderá la leche, comprará unas gallinas, después más animales, aumentarán sus
ingresos y, poco a poco, alcanzará una vida mejor. Pero entonces da un salto de
alegría, el cántaro cae al suelo y todos sus proyectos se desvanecen.
La moraleja
parece evidente: no hagas castillos en el aire.
Sin embargo, siempre me ha parecido que esa interpretación resulta insuficiente.
Porque, después
de todo, ningún proyecto humano nace sin imaginación. Nadie emprende un
negocio, forma una familia, escribe un libro o construye una casa sin pensar
antes en algo que todavía no existe. La capacidad de anticipar el futuro forma
parte de nuestra condición. Sin ella no habría prudencia, ni planificación, ni
esperanza.
Quizá,
entonces, el problema de la lechera no sea que piense en el futuro.
Quizá el
problema sea que deja de prestar atención al presente.
Mientras
imagina las gallinas, los huevos y las ganancias futuras, olvida el cántaro que
lleva sobre la cabeza. El futuro desplaza al presente. La posibilidad sustituye
a la realidad. Y es precisamente esa pérdida de contacto con lo real la que
provoca la caída.
Pensando en
esta historia se me ocurrió imaginar a un personaje del que nadie habla: el
vecino de la lechera.
Imaginemos ahora al
vecino de la lechera. También tiene planes: quiere montar una quesería. También
piensa en el futuro. También sueña con lo que podría llegar a ser. Pero, a
diferencia de ella, procura no exponerse demasiado a la realidad: no quiere
que, como le ocurrió a su vecina, se le derrame el cántaro. Estudia, calcula,
se prepara. Quiere estar listo antes de dar el siguiente paso. Quiere minimizar
los riesgos para que nada estropee sus proyectos. Y así pasa el tiempo. Su
cántaro permanece intacto. No porque haya aprendido a llevarlo mejor que la
lechera, sino porque todavía no se ha puesto realmente en camino. Quiere llegar
preparado para vivir; y mientras se prepara, la vida pasa.
La lechera fracasa,
pero aprende. El vecino evita el fracaso, pero no aprende nada. Seguramente
vendrá un segundo cántaro para ella y, con la experiencia adquirida, estará en
mejores condiciones de aprovecharlo.
La vida humana
parece desarrollarse entre esos dos extremos. Necesitamos proyectos, pero
también necesitamos realidad. Necesitamos imaginación, pero también atención.
Necesitamos pensar en el mañana sin dejar de sentir el peso del cántaro que
llevamos hoy sobre la cabeza.
La cuestión no
es elegir entre el presente y el futuro.
La cuestión es
mantenerlos unidos.
Porque los
proyectos más valiosos no nacen de la fantasía desligada de la realidad, sino
de una imaginación que permanece en contacto con el mundo. Soñar es necesario.
Lo difícil es seguir soñando sin perder pie.
Tal vez esa sea
la enseñanza más profunda de la vieja fábula.
No dejar de
mirar al horizonte, pero sin olvidar el camino que tenemos bajo nuestros pies.
Si te interesa
esta reflexión, puedes ver el vídeo completo aquí:

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