sábado, 20 de junio de 2026

Hemos aprendido a trabajar... pero hemos olvidado para qué vivir

 


Hemos aprendido a trabajar... pero hemos olvidado para qué vivir

La hormiga trabaja. La cigarra canta.

Todos creemos saber quién tiene razón en esta vieja fábula. La hormiga prevé el invierno, la cigarra vive el momento. Cuando llega el frío, una sobrevive y la otra pasa hambre. La moraleja parece evidente.

Sin embargo, quizá la pregunta más interesante no sea si la cigarra fue imprudente, sino por qué trabaja la hormiga.

La respuesta parece sencilla: para sobrevivir. Pero los seres humanos no trabajamos únicamente para sobrevivir. Y cuando una vida queda reducida a eso, cuando toda su energía se concentra en producir, cumplir y asegurar el futuro, ocurre algo extraño. Seguimos siendo eficaces, seguimos cumpliendo nuestras obligaciones y seguimos generando resultados, pero empezamos a parecernos cada vez menos a personas y cada vez más a insectos laboriosos.

Kafka y el trabajador convertido en insecto

Eso es precisamente lo que descubrió Kafka en La metamorfosis.

Todos recordamos el comienzo de la novela: Gregor Samsa despierta una mañana convertido en un insecto. La imagen es tan poderosa que solemos fijarnos en la transformación física. Pero quizá la verdadera tragedia sea anterior.

Gregor ya vivía como un insecto antes de la metamorfosis.

Toda su existencia estaba organizada alrededor del trabajo. No tenía tiempo para sí mismo. No tenía proyectos propios. No tenía una vida que justificara el esfuerzo. Trabajaba para cumplir. Trabajaba para seguir trabajando.

La transformación no crea una realidad nueva. Simplemente hace visible una realidad que llevaba años desarrollándose.

Y entonces la pregunta deja de ser literaria para convertirse en una cuestión profundamente humana.

¿Qué diferencia hay entre una persona y una hormiga? ¿Qué diferencia hay entre una vida humana y una vida dedicada exclusivamente a producir?

Las virtudes no bastan

La previsión es una virtud.

La responsabilidad es una virtud.

El trabajo es una virtud.

La cuestión no es negar ninguna de ellas.

La cuestión es preguntarse si bastan.

Hace más de dos mil años Aristóteles ya advirtió que vivimos para algo más que conservar la vida. Si viviéramos únicamente para seguir viviendo, nuestra existencia se parecería demasiado a la de cualquier animal.

Siglos después, Josef Pieper insistió en una idea semejante. Las actividades más propiamente humanas son precisamente aquellas que no se justifican por su utilidad inmediata.

La amistad.

La conversación.

La fiesta.

La contemplación.

La literatura.

La música.

Ninguna de ellas sirve para producir más. Y, sin embargo, son las que hacen que la vida merezca ser vivida.

Quizá por eso la cigarra resulta tan incómoda. Porque nos recuerda algo que nuestra época tiende a olvidar: no todo lo valioso es útil.

La prosperidad de la colmena

En La fábula de las abejas, Bernard Mandeville imaginó una sociedad extraordinariamente activa, eficiente y próspera. Cada abeja cumple su función y el conjunto prospera.

Pero la imagen plantea una pregunta inquietante.

¿Puede una colmena prosperar mientras las abejas se empobrecen?

¿Puede una sociedad producir cada vez más y tener cada vez menos motivos para celebrar?

No porque desaparezcan las fiestas. Quizá nunca hemos tenido tantas formas de entretenimiento. La cuestión es otra: si seguimos sabiendo qué celebramos.

Porque existe una diferencia enorme entre la fiesta que nace de algo valioso y la distracción permanente que intenta llenar un vacío.

Tal vez tengamos cada vez más entretenimiento y cada vez menos alegría.

El hombre que contaba estrellas

Esta cuestión aparece también en El Principito.

El problema del hombre de negocios no es que trabaje demasiado. Es algo más profundo.

Cuenta estrellas.

Las posee.

Las acumula.

Pero nunca las contempla.

Nunca se pregunta qué significan.

Nunca se alegra por ellas.

Su problema no es que haya olvidado para qué trabaja.

Su problema es que ha olvidado para qué vive.

Una pregunta para nuestro tiempo

La vieja fábula de la cigarra y la hormiga sigue interpelándonos porque habla de nosotros.

Vivimos en una cultura que admira profundamente a las hormigas. Planificamos, optimizamos, gestionamos, medimos, acumulamos y organizamos.

Y, sin embargo, cada vez es más frecuente escuchar que nos faltan tiempo, profundidad, sentido o compañía.

Quizá porque hemos aprendido muy bien a trabajar.

Y hemos olvidado para qué.

La cuestión no es elegir entre la hormiga y la cigarra.

Necesitamos responsabilidad, previsión y esfuerzo.

Pero también necesitamos canciones.

Necesitamos amistad.

Necesitamos belleza.

Necesitamos contemplación.

Necesitamos aquellas cosas que no aumentan la productividad y, sin embargo, hacen posible una vida verdaderamente humana.

Porque una vida humana necesita pan.

Pero también necesita canciones.

Y quizá el verdadero peligro no consista en parecerse demasiado a la cigarra.

Quizá el verdadero peligro sea despertar una mañana y descubrir, como Gregor Samsa, que nos hemos convertido en una hormiga.


📺 Puedes ver el vídeo completo aquí:

https://youtu.be/DL9vQoEOGMk



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