Existe una
curiosa tendencia a pensar que los proyectos pertenecen a la juventud. Como si
hubiera una edad para aprender, otra para emprender y otra, finalmente, para
limitarse a administrar lo ya vivido. Sin embargo, la realidad desmiente con
frecuencia ese esquema. Hay personas que descubren muy tarde la vocación de
escribir, de pintar, de estudiar una lengua o de recorrer un camino que siempre
habían aplazado. No porque antes no lo desearan, sino porque la vida, con sus
urgencias y obligaciones, les fue dejando poco espacio para preguntarse qué
querían hacer realmente.
Quizá el problema no sea la edad, sino la manera en que miramos el tiempo. Cuando somos jóvenes solemos creer que disponemos de un futuro inagotable y, precisamente por eso, posponemos muchas decisiones importantes. Con los años ocurre lo contrario: comprendemos que el tiempo es limitado. Esa conciencia puede llevar al desaliento, pero también puede despertar una forma distinta de libertad. Ya no se trata de llegar muy lejos ni de conquistar el mundo. Se trata, sencillamente, de empezar aquello que merece la pena. A veces, el verdadero comienzo no pertenece a la juventud, sino a la madurez.
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