Todos necesitamos pertenecer, formar parte de algo más grande que nosotros mismos.
Necesitamos un hogar, una comunidad, un grupo humano que nos permita echar
raíces. Sin embargo, solemos imaginar la pertenencia de forma demasiado simple.
Pensamos que consistirá en encontrar personas exactamente iguales a
nosotros. Personas que compartan nuestras ideas, nuestras inquietudes o nuestra
manera de ver el mundo.
Pero muchas de las comunidades más importantes de nuestra vida no funcionan
así.
La familia, por ejemplo, no se construye sobre la semejanza. Padres e hijos,
hombres y mujeres, hermanos muy distintos entre sí. Lo que la constituye no es
la afinidad, sino el tipo de vínculo.
Quizá por eso una de las experiencias más dolorosas sea sentirse extranjero
precisamente entre aquellos con quienes querríamos pertenecer.
Y quizá por eso la pregunta decisiva no sea quiénes son los otros, ni
siquiera quiénes somos nosotros, sino dónde podemos compartir una vida sin
convertirnos en extraños.
Porque necesitamos pertenecer.
No hay comentarios:
Publicar un comentario