jueves, 15 de octubre de 2026

Cuando la muerte deja de ser una idea

Podemos hablar de la muerte como de un problema filosófico. Preguntarnos si hay algo después, si sería deseable vivir eternamente o si una vida que nunca terminase acabaría perdiendo su sentido. Son preguntas importantes. Pero hay un momento en que la muerte deja de ser una idea: cuando muere alguien a quien queremos. Entonces ya no nos preguntamos solamente qué será de nosotros, sino qué ha sido de esa persona. ¿Dónde está? ¿Ha desaparecido para siempre? ¿Es posible que una vida, con todo lo que ha amado, sufrido y esperado, termine sin dejar más que recuerdos?

No tenemos respuestas que podamos demostrar. Y quizá por eso convenga distinguir entre saber y esperar. La esperanza no convierte nuestros deseos en certezas, pero tampoco es necesariamente una manera de engañarnos. Esperamos porque hay personas cuya existencia nos importa demasiado como para aceptar fácilmente que todo haya terminado. No sabemos si volveremos a encontrarlas. Pero esa incertidumbre no borra lo que significaron para nosotros. Al contrario: quizá sea precisamente el amor lo que hace que la pregunta por la muerte resulte tan profundamente humana.

lunes, 12 de octubre de 2026

El entusiasmo no paga las facturas

 

 

El entusiasmo no paga las facturas

 

 

Manuel Ballester

 

Nos gusta la palabra emprendedor. Sugiere iniciativa, imaginación, valentía. Alguien tiene una idea, reúne sus ahorros y se atreve a comenzar. Hay algo admirable en ese gesto: donde otros ven lo que falta, él descubre lo que podría existir. Una sociedad necesita gente así, capaz de convertir una posibilidad en un proyecto y de asumir el riesgo de intentarlo.

La palabra empresario parece despertar menos simpatías. Evoca balances, contratos, costes y obligaciones. Quizá por eso preferimos hablar de emprendimiento: tiene el atractivo de los comienzos, cuando todo está por hacer y todavía podemos imaginar que saldrá como esperamos. Pero entre empezar un negocio y conseguir que siga abierto hay una distancia que el entusiasmo, por sí solo, no permite recorrer.

domingo, 11 de octubre de 2026

¿Estamos preparados para morir?


Una niña de once años muere en un accidente. Su primo, que tiene la misma edad, descubre de pronto algo que hasta entonces no se había planteado: también los niños mueren. Y se pregunta si su prima estaba preparada. Años después, ante otras muertes familiares, vuelve a hacerse la misma pregunta: ¿cuándo estamos preparados para morir?

Quizá nunca lo estemos del todo. La muerte nos desconcierta porque interrumpe una historia que todavía estábamos escribiendo. Nos arrebata a personas queridas, proyectos, conversaciones pendientes. Y, sin embargo, saber que nuestra vida tiene un límite también puede ayudarnos a descubrir lo que verdaderamente importa.

Alguien comentaba que vivir mil años no estaría mal. Otro recordaba que una vida interminable no tiene por qué ser una vida deseable. Y surgía una pregunta todavía más difícil: ¿qué significa estar preparado para la muerte?

Tal vez nos hemos acostumbrado a pensar que prepararnos para morir consiste en averiguar qué sucederá después. Pero hay otra preparación que está a nuestro alcance: preguntarnos qué estamos haciendo con la vida que tenemos.

No sabemos cuánto tiempo nos queda. Lo que sí sabemos es que todavía podemos rectificar, reparar una injusticia, recuperar una amistad, aprender a querer mejor.

Quizá no podamos prepararnos para dejar de vivir. Pero sí podemos procurar no dejar sin vivir lo que verdaderamente merece la pena.

domingo, 4 de octubre de 2026

¿Me quieren o me necesitan?

 





Hay una pregunta desagradable que puede aparecer cuando los hijos se marchan, cuando nos jubilamos o cuando dejamos de hacer lo que durante años hemos hecho por otros: ¿me quieren a mí o necesitan lo que hago? Mientras somos imprescindibles, quizá no nos la planteamos. Hay comidas que preparar, problemas que resolver, decisiones que tomar. Pero un día alguien ocupa nuestro despacho, los hijos aprenden a arreglárselas y la casa ya no necesita aquella actividad incesante. Entonces descubrimos algo que sabíamos, aunque saberlo no nos había preparado para experimentarlo: nuestras funciones son sustituibles.

Los músicos de Bremen, de los hermanos Grimm, comienza precisamente ahí. Un burro ya no puede cargar sacos, un perro ha perdido sus facultades para la caza, un gato apenas atrapa ratones y un gallo va a terminar en la olla. Después de haber servido a sus dueños, descubren que sobran. El burro escapa y decide ir a Bremen para hacerse músico. Por el camino encuentra a los otros y los invita a acompañarlo.

domingo, 27 de septiembre de 2026

La suerte del otro

Hay un momento extraño en el que alguien deja de ser simplemente otro. Hasta entonces podían preocuparnos sus problemas, alegrarnos sus éxitos o entristecernos sus desgracias. Pero un día ocurre algo más: lo que le pasa empieza a pasarnos también a nosotros.

Quizá eso sea una de las formas de reconocer el amor. La suerte del otro se convierte, de algún modo, en parte de nuestra suerte. Si sufre, sufrimos; si está en peligro, tenemos miedo; si se equivoca, querríamos evitarle el error. Y entonces aparece una tentación comprensible: puesto que su vida nos importa tanto, querríamos protegerla incluso de sí misma.

Pero querer a alguien no nos concede ese poder. Podemos aconsejar, advertir, acompañar, cuidar. A veces incluso tendremos que decir lo que el otro no quiere escuchar. Lo que no podemos es vivir su vida en su lugar.

Tal vez una de las cosas más difíciles del amor sea precisamente esa: que alguien nos importe como si su vida fuera nuestra y, al mismo tiempo, aceptar que no lo es.

El precio de querer a alguien

 



El precio de querer a alguien

Hay una consecuencia extraña de querer a alguien de la que hablamos poco. Cuando una persona empieza a importarnos de verdad, nuestra vida se hace más rica, pero también más frágil. Antes de conocerla no podíamos temer perderla. Ahora sí. No tenemos miedo de perder simplemente porque seamos miedosos: tenemos miedo porque antes hemos encontrado algo que vale la pena conservar.

domingo, 20 de septiembre de 2026

Una puerta

 A veces necesitamos apartarnos. Después de haber sido heridos, juzgados o simplemente agotados por el ruido de los demás, la soledad puede convertirse en un refugio. Cerramos la puerta y, por fin, descansamos. Hay puertas que es necesario cerrar. El problema comienza cuando, para asegurarnos de que nadie vuelva a hacernos daño, echamos la llave y acabamos tapiando la puerta. Entonces el refugio se convierte poco a poco en fortaleza.

Una fortaleza es un lugar magnífico para que no entre el enemigo. La dificultad es que tampoco entra nadie más. Podemos construir una vida en la que nadie pueda arrebatarnos la libertad, alterar nuestra paz o decepcionarnos. Pero quizá algunas de las cosas que hacen que la vida merezca la pena solo pueden llegar desde fuera. Por eso una casa necesita paredes, pero también una puerta.

sábado, 19 de septiembre de 2026

Cuando todos se han ido

 




A veces necesitamos estar solos. Que nadie nos llame, que nadie nos pida nada, que durante un rato desaparezcan las obligaciones, las expectativas, el ruido de los demás. Cerramos la puerta y sentimos cierto alivio: por fin nadie ocupa nuestro tiempo ni nuestro espacio. Por fin somos libres.

Pero hay una pequeña dificultad: cuando conseguimos que todos se aparten, nosotros seguimos ahí. Podemos silenciar el teléfono, alejarnos de la gente e incluso marcharnos al desierto y descubrir que hemos llevado con nosotros nuestros deseos, preocupaciones, recuerdos, resentimientos y fantasías. El silencio exterior no garantiza el silencio interior. Hay soledades que están llenas hasta arriba de uno mismo.

Quizá por eso haya dos maneras muy distintas de buscar la soledad. Una consiste en retirar el mundo para hacer sitio al yo: quiero que me dejen en paz, disponer de mi tiempo, hacer lo que quiera. La otra comienza precisamente cuando sospechamos que también nosotros podemos estar ocupando demasiado espacio. Entonces el silencio ya no sirve para escucharnos mejor a nosotros mismos, sino para hacer posible que escuchemos algo que normalmente nuestra propia voz no nos deja oír.

Tal vez la cuestión decisiva no sea, por tanto, si estamos solos o acompañados, sino qué hacemos con la soledad cuando llega. Podemos llenarla de nosotros mismos o dejarla abierta: a los demás, al mundo, a una pregunta, a una presencia, al misterio. Quizá una soledad empiece diciendo «déjame en paz» y otra, mucho más difícil, diciendo «quiero escuchar».

He intentado pensar sobre estas dos formas de soledad —con Diógenes, los ermitaños del desierto, Siddhartha y san Jerónimo como compañeros de camino— en el último vídeo de Tinta y Caos:

https://youtu.be/Kt00UK1wzyw

sábado, 12 de septiembre de 2026

¿Por qué Ulises rechazó a tres mujeres?

 




¿Por qué Ulises rechazó a tres mujeres?


Imagina que alguien pudiera ofrecerte una de estas tres posibilidades.

La primera: no envejecer. No morir nunca. La inmortalidad.

La segunda: una vida agradable, cómoda, sin sobresaltos ni peligros. Seguridad y bienestar.

La tercera: empezar de nuevo. Dejar atrás lo que hemos hecho mal y comenzar otra vida: otra casa, otro trabajo, otra familia.

¿Con cuál te quedarías?

No es una pregunta fácil. Lo sorprendente es que a Ulises le ofrecieron, de un modo u otro, las tres posibilidades. Y rechazó las tres.

viernes, 11 de septiembre de 2026

Empezar de nuevo

 A veces querríamos empezar de nuevo. Otra casa, otro trabajo, otra ciudad, quizá otras personas. Y hay ocasiones en que hacerlo es necesario: permanecer puede ser cobardía y marcharse, la única manera de recuperar la propia vida. Pero empezar de nuevo tiene una dificultad: podemos dejar atrás casi todo menos a nosotros mismos. Cambiamos de escenario llevando con nosotros nuestros miedos, nuestros deseos, nuestras heridas y esa sorprendente capacidad para volver a cometer, en lugares distintos, errores bastante parecidos.

Por eso quizá haya dos maneras de empezar de nuevo. Una consiste en cambiar las circunstancias; la otra, en aprender a habitar de otro modo las circunstancias que tenemos. A veces habrá que marcharse y otras habrá que permanecer. Lo difícil es distinguir cuándo quedarse es fidelidad y cuándo es miedo; cuándo marcharse es valentía y cuándo es huida. Porque empezar de nuevo no siempre significa empezar de cero.

martes, 8 de septiembre de 2026

Tocar sin poseer: la lección más profunda del mito de Midas

 



Tocar sin poseer: la lección más profunda del mito de Midas

 

 

 

Midas no pidió ser el hombre más rico del mundo. Tampoco pidió un palacio lleno de tesoros ni una montaña de oro. Pidió algo bastante más extraño: que todo lo que tocara se convirtiera en oro.

¿Por qué tocar?

Tocar es una de las formas más íntimas y también más peligrosas de relacionarnos con la realidad. Podemos ver algo que está muy lejos. Podemos escuchar algo sin saber siquiera dónde se encuentra. Pero para tocar tenemos que estar ahí: aquello que tocamos ha entrado en el ámbito de nuestro cuerpo, está al alcance de nuestra mano.

La piel señala precisamente esa frontera. Ahí termino yo y comienza el mundo. Y resulta curioso que nuestra frontera sea tan vulnerable. No tenemos escamas ni corazas. Podemos sentir el roce, la presión, el calor; podemos ser acariciados y también heridos.

El mismo lugar por el que el mundo puede hacernos daño es aquel por el que podemos encontrarnos con él.

Después de Ítaca

 Ulises vuelve a Ítaca. Ha tardado veinte años, ha perdido compañeros, ha rechazado incluso la inmortalidad y por fin recupera su casa, su mujer, su hijo, su padre, su reino. Podría parecer un buen lugar para terminar la historia. Pero el tiempo no termina cuando termina la Odisea. Telémaco tendrá que hacer su vida, Laertes morirá, también Penélope, también Ulises. Y a este todavía le queda, según le anunció Tiresias, tomar un remo y caminar tierra adentro hasta encontrar hombres que no sepan siquiera qué es aquello que lleva al hombro.

Quizá Homero no necesite contarnos mucho más. Ulises hizo lo que estaba en su mano: salió de casa, atravesó el mundo, se equivocó, aprendió sus límites y regresó para ocupar de nuevo su lugar. También nosotros podemos cuidar a quienes queremos, construir un hogar, cumplir nuestras responsabilidades e intentar llegar a ser quienes estamos llamados a ser. Lo que no podemos es conseguir que quienes amamos permanezcan siempre a nuestro lado ni detener el tiempo cuando por fin hemos llegado a Ítaca. Hay un límite para nuestra voluntad y nuestro poder. Después, los dioses dirán.

lunes, 7 de septiembre de 2026

Elegir los espejos

Desconfiamos de la opinión de los demás, y no nos faltan motivos. Hay miradas que deforman: unas nos hacen más pequeños de lo que somos; otras, por adulación o interés, nos devuelven una imagen demasiado favorecida. De ahí resulta tentador concluir que lo mejor es prescindir de los espejos y decidir por nosotros mismos quiénes somos. Pero tampoco parece una solución. Hay cosas de nosotros que precisamente nosotros somos los últimos en ver. A veces hace falta que alguien nos diga que estamos equivocados, que podemos dar más de nosotros mismos o, sencillamente, que somos mejores de lo que en ese momento creemos.

Quizá el problema no sea, entonces, dejar de mirarnos en los demás, sino aprender a elegir los espejos. No todas las miradas valen lo mismo. Hay personas que nos conocen, que nos quieren y que desean nuestro bien; personas que pueden decirnos la verdad sin necesidad de disminuirnos y corregirnos sin dejar de querernos.

Quizá parte de la sabiduría de la vida consista en conseguir rodearse de buena gente, incluso de personas mejores que nosotros, y tener la humildad suficiente para dejar que su mirada nos ayude a vernos mejor.

viernes, 28 de agosto de 2026

Si el otro fuera como yo quiero

A veces pensamos que nuestras relaciones serían mejores si pudiéramos cambiar algunas cosas de las personas que queremos. Y seguramente es verdad. Todos tenemos defectos y amar a alguien no significa pensar que todo en él está bien ni renunciar al deseo de que mejore. Pero hay una diferencia importante entre querer que alguien sea mejor y querer que sea como nosotros queremos. En el segundo caso, si pudiéramos llevar nuestro deseo hasta el final, quizá conseguiríamos una persona que pensara como nosotros, reaccionara como esperamos y nunca hiciera nada que pudiera decepcionarnos. Habríamos eliminado muchos problemas. Aunque no está claro que todavía quedara alguien al otro lado con quien encontrarnos.

Porque quizá el encuentro comienza precisamente allí donde el otro no coincide conmigo. Sus diferencias pueden irritarme, obligarme a esperar, poner a prueba mi paciencia y, en ocasiones, hacerme sufrir. Pero también pueden mostrarme cosas que yo no veía y obligarme a salir de mí mismo. Naturalmente, querer a alguien imperfecto no significa aceptar cualquier comportamiento ni dejar de ayudarle a cambiar. Significa reconocer que, mientras él cambia, acaso yo también tenga algo que aprender. Quizá una relación perfecta no sea aquella en la que conseguimos que el otro sea como queremos, sino aquella en la que ninguno de los dos necesita dejar de ser otro para poder encontrarse.

jueves, 27 de agosto de 2026

El precio de no sufrir

 Se repite a veces que el dolor es inevitable, pero el sufrimiento es opcional. Hay algo verdadero en la frase: no elegimos muchas de las cosas que nos ocurren, pero sí podemos aprender a afrontarlas de maneras diferentes. Sin embargo, basta pensar en alguien a quien queremos para descubrir que la fórmula necesita algún matiz. Si a un hijo le va mal, sufrimos. No porque hayamos decidido equivocadamente nuestra actitud ante el dolor, sino porque su vida nos importa. Podríamos protegernos, ciertamente: tomar distancia, no implicarnos demasiado, procurar que lo que le ocurra no nos afecte. Quizá sufriríamos menos.

Pero pagaríamos un precio. Porque no solo nos hace vulnerables el dolor; también el amor. Querer a alguien significa aceptar que lo que le ocurra puede alegrarnos o herirnos, precisamente porque hemos decidido que su vida forme parte de la nuestra. La cuestión quizá no sea conseguir una existencia en la que nada pueda hacernos sufrir, sino aprender qué hacer con el sufrimiento cuando llega. Hay dolores que pueden evitarse cerrando puertas. El problema es que, a veces, al otro lado de esas mismas puertas estaba también el amor.

martes, 25 de agosto de 2026

¿Cuántos meses al año trabaja usted para el Estado?

 




¿Cuántos meses al año trabaja usted para el Estado?

Imagine que cada 1 de enero empezara a trabajar, pero durante los primeros meses del año no recibiera nada de lo que gana. Su salario, íntegro, iría destinado a pagar impuestos. Sólo después de haber satisfecho todas sus obligaciones fiscales comenzaría usted a trabajar para sí mismo.

La ficción tiene un nombre: Día de la Liberación Fiscal. Se trata de calcular qué día del año habríamos terminado de pagar todos los impuestos que soportamos si, en lugar de hacerlo poco a poco y de maneras diferentes, los concentrásemos al comienzo del año.

Lo que no elegimos




 

LO QUE NO ELEGIMOS

Sobre la libertad frente a lo dado

 

En el artículo anterior examinábamos una idea muy extendida: identificar la libertad con la capacidad de elegir entre opciones. Veíamos entonces que esa concepción, siendo verdadera en parte, resulta insuficiente. Porque elegir no consiste sólo en mantener abiertas posibilidades, sino también en dar forma a una vida mediante decisiones que cierran otras alternativas. Quedó así planteada una cuestión que es precisamente la que ahora vamos a abordar: ¿qué ocurre con aquello que no elegimos?

No todo en la vida se presenta como una opción.

sábado, 22 de agosto de 2026

Prepararnos para vivir

 



Prepararnos para vivir

Pasamos buena parte de nuestra vida preparándonos para cosas que todavía no han ocurrido.

Estudiamos pensando en un trabajo futuro, ahorramos un dinero que podríamos gastar hoy, cuidamos nuestro cuerpo para una vejez que quizá tarde muchos años en llegar.

Parece razonable.

Pero también conocemos personas que han pasado tanto tiempo preparándose para vivir que, cuando finalmente levantan la cabeza, descubren que la vida era precisamente aquello que estaba sucediendo mientras se preparaban.

viernes, 21 de agosto de 2026

Un presente que tenga futuro

Ayer pregunté en la comunidad de YouTube de mi canal qué haríamos si tuviéramos una tarde completamente libre: dedicarla a algo que nos apetece ahora o emplearla en algo que quizá no nos apetezca, pero que nuestro yo futuro agradecerá. Las respuestas han ido en muchas direcciones: quien estudia una oposición, quien aprovecha el ocio para aprender o pintar, quien practica con la guitarra pensando que quizá algún día llegue a mejores escenarios, quien reivindica simplemente mirar los pájaros y las nubes. Y alguien contó que una tarde aparentemente insignificante invitó a una chica al cine y, dieciocho años después, siguen juntos.

Quizá por eso la alternativa entre vivir el presente y preparar el futuro esté mal planteada. Hay presentes que se consumen y presentes que, mientras los vivimos, van construyendo posibilidades. Estudiar, cultivar una amistad, aprender a tocar la guitarra o detenerse a contemplar el horizonte pueden ser ya formas de vivir y, al mismo tiempo, estar haciendo posible algo que todavía no existe. Prepararnos para el futuro no debería consistir en aplazar la vida hasta mañana. Tampoco vivir el presente significa actuar como si mañana no fuéramos a estar aquí. Tal vez se trate de algo más difícil y más interesante: construir un presente que tenga futuro.

jueves, 20 de agosto de 2026

Cuando los comentarios se convierten en conversación

Esta mañana he dedicado un rato a los comentarios de mi canal de YouTube, Tinta y Caos. El último vídeo había generado bastantes y yo ya había respondido a todos, pero descubrí una segunda capa que normalmente miro menos: las respuestas a mis respuestas. Y ahí estaba ocurriendo algo interesante. Un espectador retomaba una idea y la llevaba más lejos; otro entraba en la conversación para introducir un matiz; alguien respondía a este último diciendo que no lo había pensado así. En otros hilos aparecían espectadores que se reconocían en lo que otro había dicho o que contaban cómo una reflexión seguía acompañándolos camino a casa o al gimnasio. De pronto comprendí que aquello ya no era simplemente una colección de comentarios sobre un vídeo.

Hay una diferencia importante entre recibir comentarios y provocar una conversación. Lo segundo ocurre cuando una idea empieza a vivir por su cuenta: suscita una pregunta que uno no había previsto, pasa de una persona a otra y continúa desarrollándose sin necesidad de que quien inició la conversación intervenga continuamente. Quizá por eso tampoco convenga responder siempre ni empeñarse en tener la última palabra. A veces hay que contestar, precisar o preguntar; otras, lo mejor es apartarse un poco y contemplar cómo unas personas ayudan a otras a pensar. Esta mañana he tenido la agradable sensación de que estaba ocurriendo algo así.