sábado, 28 de febrero de 2026

El error de querer empezar desde cero

 




El error de querer empezar desde cero

Niño, hijo y la crisis moderna de la identidad

 

 

 

Una de las ideas que define buena parte de la modernidad es esta: podemos empezar desde cero. No debemos nada a nadie. Somos nuestro propio origen: somos lo que decidimos y hacemos con nuestra vida.

Pero cuando uno se piensa como origen absoluto, deja de reconocerse como hijo. Y cuando deja de reconocerse como hijo empieza a pensarse sólo como niño: alguien que comienza, juega, inventa, pero que no recibe nada ni debe nada. En esa diferencia se juega buena parte de nuestra crisis cultural.

Respecto a estos dos conceptos, hijo y niño, vamos a hacer un recorrido sencillo, vamos a empezar por el mundo antiguo en el cual ser hijo es una evidencia. Después veremos lo que pasa en la modernidad, que admira y a veces pone su centro en el niño y pretende empezar desde cero. Y trataremos de entender qué pasa en este desplazamiento.

 

1. El mundo antiguo: ser hijo

En el mundo antiguo no encontramos al “niño” como categoría cultural central. Encontramos hijos. El sujeto está insertado en una familia, en una tradición, y recibe un legado que constituye el campo de juego de su libertad. La libertad no es indeterminación absoluta, sino capacidad de elegir a partir de lo recibido.

Telémaco, hijo de Ulises, crece en ausencia del padre. Pero no puede resignarse al desorden. Tiene que madurar, ponerse a la altura de la herencia recibida. Ser hijo no es repetir al padre: es hacerse digno de lo recibido.

Antígona, hija de Edipo, hereda una historia trágica que no ha elegido. Podría negarla. Pero la asume. Cuando el vínculo político choca con el vínculo originario, elige lo que la constituye: su condición de hija y hermana. No actúa por capricho, sino por fidelidad a lo que es.

En ambos casos, ser hijo no es una opción entre otras. Es la realidad a partir de la cual se elige.

2. El giro moderno: del hijo al individuo

En la transición a la modernidad el yo individual gana protagonismo y los vínculos empiezan a ser cuestionados.

En El rey Lear, las hijas mayores instrumentalizan el vínculo con el padre para obtener poder. Cordelia, en cambio, no compite ni sobreactúa: reconoce el vínculo. La tragedia comienza cuando el vínculo deja de ser fundamento y se convierte en instrumento.

Este desplazamiento se radicaliza en Rousseau. El niño ya no es alguien que debe integrarse en una tradición, sino alguien que debe ser protegido frente a ella. La herencia empieza a mirarse con sospecha.

Nietzsche llevará esta lógica hasta el extremo. Tras el camello que carga con las obligaciones (los “tú debes”) de la tradición y el león que se rebela contra eso, llega el niño: inocencia, comienzo, creación. El espíritu que quiere empezar desde sí mismo.

Aquí la ruptura es clara: el hijo transforma la herencia; el niño quiere crear desde cero. El hijo parte del vínculo; el niño se piensa como origen.

Pero cuando el individuo se piensa como origen absoluto, la palabra “hijo” empieza a sonar limitante. El resultado no es necesariamente mayor libertad, sino mayor soledad.

3. El niño mimado y el niño perdido

Ortega y Gasset habló del “niño mimado”: heredamos una civilización que no hemos construido, pero exigimos derechos sin reconocer deberes. Somos hijos, pero no queremos reconocernos como tales.

En nuestro imaginario cultural aparece también Peter Pan: el niño que no quiere crecer. Pero incluso en Nunca Jamás surge la nostalgia del vínculo originario. Wendy, al contar historias y hablar de la madre, introduce aquello que falta: pertenencia, relato, tradición.

No somos versos sueltos. Somos parte de un poema. Y ese poema da sentido a nuestro verso.

4. El desierto y la necesidad del vínculo

Nietzsche lo expresó con una imagen poderosa: “El desierto crece”. El desierto no es sólo físico: es la desorientación que aparece cuando prescindimos de todos los referentes.

En ese desierto transcurre El principito, y no es casualidad. El principito sabe organizar su pequeño mundo, pero no sabe amar a la Rosa. No sabe establecer un vínculo significativo. Los individuos modernos, al pensarse como orígenes absolutos (como niños), tienen gran dificultad para integrar a otros en su vida (o integrarse ellos en la vida ajena) puesto que todos se ven a sí mismos como fuentes autónomas de sentido.

El problema es serio y la solución no es técnica, como pretende el piloto. La orientación viene del zorro: domesticar es crear vínculos. Crear ritos. Hacerse responsable. Un vínculo no es una emoción pasajera: es asumir al otro de tal modo que mi vida se acompasa con la suya y juntos construimos una historia. Es pasar del yo al nosotros, del individuo a la comunidad (no a la asociación de individuos).

Sin vínculos estamos perdidos: nos pensamos libres pero eso sólo es soledad, desierto.

5. ¿Niños o hijos?

Todos hemos querido empezar desde nosotros mismos, no deber nada a nadie. Pero el niño que quiere ser origen acaba en el desierto.

Telémaco nos enseña que hay que estar a la altura de lo recibido.

Antígona que no todos los vínculos están en el mismo plano.

Cordelia que el amor no necesita exhibición.

El principito que sin vínculos estamos desorientados.

No se trata de eliminar la libertad, sino de reconocer que la verdadera libertad no nace del aislamiento, sino de asumir que somos hijos: herederos y responsables de un legado.

Somos hijos. Y desde ahí —no desde cero— se construye una vida con sentido.


🎥 Puedes ver el vídeo completo en Tinta y Caos, mi canal de youtube:

https://youtu.be/cQm-HC2Aemk

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