El error de querer empezar desde cero
Niño, hijo y la crisis moderna de la identidad
Una de las ideas que
define buena parte de la modernidad es esta: podemos empezar desde cero. No
debemos nada a nadie. Somos nuestro propio origen: somos lo que decidimos y
hacemos con nuestra vida.
Pero cuando uno se piensa como origen absoluto, deja de reconocerse como hijo. Y cuando deja de reconocerse como hijo empieza a pensarse sólo como niño: alguien que comienza, juega, inventa, pero que no recibe nada ni debe nada. En esa diferencia se juega buena parte de nuestra crisis cultural.
Respecto a estos dos conceptos, hijo y niño, vamos a hacer
un recorrido sencillo, vamos a empezar por el mundo antiguo en el cual ser hijo
es una evidencia. Después veremos lo que pasa en la modernidad, que admira y a
veces pone su centro en el niño y pretende empezar desde cero. Y trataremos de
entender qué pasa en este desplazamiento.
1. El mundo antiguo: ser hijo
En el mundo antiguo no
encontramos al “niño” como categoría cultural central. Encontramos hijos. El
sujeto está insertado en una familia, en una tradición, y recibe un legado que
constituye el campo de juego de su libertad. La libertad no es indeterminación
absoluta, sino capacidad de elegir a partir de lo recibido.
Telémaco, hijo de
Ulises, crece en ausencia del padre. Pero no puede resignarse al desorden.
Tiene que madurar, ponerse a la altura de la herencia recibida. Ser hijo no es
repetir al padre: es hacerse digno de lo recibido.
Antígona, hija de
Edipo, hereda una historia trágica que no ha elegido. Podría negarla. Pero la
asume. Cuando el vínculo político choca con el vínculo originario, elige lo que
la constituye: su condición de hija y hermana. No actúa por capricho, sino por
fidelidad a lo que es.
En ambos casos, ser
hijo no es una opción entre otras. Es la realidad a partir de la cual se elige.
2. El giro moderno: del hijo al individuo
En la transición a la
modernidad el yo individual gana protagonismo y los vínculos empiezan a ser
cuestionados.
En El rey Lear,
las hijas mayores instrumentalizan el vínculo con el padre para obtener poder.
Cordelia, en cambio, no compite ni sobreactúa: reconoce el vínculo. La tragedia
comienza cuando el vínculo deja de ser fundamento y se convierte en
instrumento.
Este desplazamiento se
radicaliza en Rousseau. El niño ya no es alguien que debe integrarse en una
tradición, sino alguien que debe ser protegido frente a ella. La herencia
empieza a mirarse con sospecha.
Nietzsche llevará esta
lógica hasta el extremo. Tras el camello que carga con las obligaciones (los “tú
debes”) de la tradición y el león que se rebela contra eso, llega el niño:
inocencia, comienzo, creación. El espíritu que quiere empezar desde sí mismo.
Aquí la ruptura es
clara: el hijo transforma la herencia; el niño quiere crear desde cero. El hijo
parte del vínculo; el niño se piensa como origen.
Pero cuando el
individuo se piensa como origen absoluto, la palabra “hijo” empieza a sonar
limitante. El resultado no es necesariamente mayor libertad, sino mayor
soledad.
3. El niño mimado y el niño perdido
Ortega y Gasset habló
del “niño mimado”: heredamos una civilización que no hemos construido, pero
exigimos derechos sin reconocer deberes. Somos hijos, pero no queremos
reconocernos como tales.
En nuestro imaginario
cultural aparece también Peter Pan: el niño que no quiere crecer. Pero incluso
en Nunca Jamás surge la nostalgia del
vínculo originario. Wendy, al contar historias y hablar de la madre, introduce
aquello que falta: pertenencia, relato, tradición.
No somos versos
sueltos. Somos parte de un poema. Y ese poema da sentido a nuestro verso.
4. El desierto y la necesidad del vínculo
Nietzsche lo expresó
con una imagen poderosa: “El desierto crece”. El desierto no es sólo físico: es
la desorientación que aparece cuando prescindimos de todos los referentes.
En ese desierto
transcurre El principito, y no
es casualidad. El principito sabe organizar su pequeño mundo, pero no
sabe amar a la Rosa. No sabe establecer un vínculo significativo. Los
individuos modernos, al pensarse como orígenes absolutos (como niños), tienen gran
dificultad para integrar a otros en su vida (o integrarse ellos en la vida
ajena) puesto que todos se ven a sí mismos como fuentes autónomas de sentido.
El problema es serio y
la solución no es técnica, como pretende el piloto. La orientación viene del
zorro: domesticar es crear vínculos. Crear ritos. Hacerse responsable. Un
vínculo no es una emoción pasajera: es asumir al otro de tal modo que mi vida
se acompasa con la suya y juntos construimos una historia. Es pasar del yo al
nosotros, del individuo a la comunidad (no a la asociación de individuos).
Sin vínculos estamos
perdidos: nos pensamos libres pero eso sólo es soledad, desierto.
5. ¿Niños o hijos?
Todos hemos querido
empezar desde nosotros mismos, no deber nada a nadie. Pero el niño que quiere
ser origen acaba en el desierto.
Telémaco nos enseña
que hay que estar a la altura de lo recibido.
Antígona que no todos
los vínculos están en el mismo plano.
Cordelia que el amor
no necesita exhibición.
El principito que sin
vínculos estamos desorientados.
No se trata de
eliminar la libertad, sino de reconocer que la verdadera libertad no nace del
aislamiento, sino de asumir que somos hijos: herederos y responsables de un
legado.
Somos hijos. Y desde ahí —no desde cero— se construye una vida con sentido.
🎥 Puedes ver el vídeo completo en Tinta y Caos, mi canal de youtube:

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