martes, 21 de mayo de 2013

12.2. La zorra y el gato




Jaime Ballester (2013)

La zorra y el gato se mueven en el mismo plano de realidad que maese Cereza, pero su cinismo expresa un nivel mayor de degradación. Su cortesía y amabilidad junto a su presunta desdicha, ganan la confianza y compasión de los incautos. Así es como el victimismo acaba por convertir en víctima a quien cae en sus redes.

Consiguen que Pinocho hable de sus nobles propósitos:

«Ante todo, voy a comprarle a mi papá una casaca nueva, toda de oro y plata, con botones de brillantes. Y luego compraré un Abecedario para mí».

Pinocho sigue hablando. No sólo de sus buenos deseos. También de su riqueza. La bondad les parece una risible bobada. La riqueza es otra cosa, eso es serio en el mundo de lo utilitario. La visión de las monedas produce efectos prodigiosos: la Zorra, que era coja, «en un ademán involuntario, alargó la pata que parecía encogida» y el Gato, que era ciego, «abrió los ojos de par en par, como dos linternas verdes, pero los cerró enseguida y Pinocho no se dio cuenta de nada».

Ahora que saben que tiene dinero, surge el interés por sus proyectos. Pinocho quiere comprar una casaca para su padre y un Abecedario para él, para ir a la escuela y formarse.

Habría sido torpe atacar el deseo de socorrer a su padre. Con una estrategia fácil, deciden arremeter contra la escuela. Primero habla la Zorra: «Mírame, por el tonto vicio de estudiar perdí una pata». Después, el Gato repite: «Mírame, por el tonto vicio de estudiar perdí la vista de los dos ojos». Este modo de actuar lo veremos una y otra vez: la Zorra tiene la iniciativa, el Gato la secunda repitiendo. No hay argumentación, sino insistencia, que es un modo de convencer, de manipular. Así procede la propaganda de cualquier índole.
Pinocho ha mostrado cándidamente su buena intención de aliviar a su padre y de emprender el camino de la escuela. La insistencia cómica en los efectos perniciosos de la escuela unido, ahora en serio, a la dificultad que entraña la formación pueden hacer olvidarse del otro objetivo y, así, perder todo. Es un momento crítico. Precisamente ahí aparece un Mirlo blanco.

El Mirlo macho es negro, la hembra de color pardo. Por eso, la expresión “Mirlo blanco” remite a una ocasión única, extraordinaria y feliz: hay que tener muchísima suerte para ver un Mirlo blanco. Pinocho es ingenuo, no ve lo que está ocurriendo. Un Mirlo blanco le avisa de que no haga caso de los consejos de las malas compañías. En el contexto de este cuento, el Mirlo blanco parece una de tantas encarnaciones del Grillo-Parlante.

El Gato acaba con el Mirlo. Se mata al mensajero, como ya ocurrió con el Grillo-Parlante. Pero ahora hay una novedad. Cuando Pinocho no quiso escuchar al Grillo, lo hizo por sí mismo, la muerte del Grillo obedecía entonces a motivos internos o, dicho de otro modo, era la aceptación del mal que radicaba en el interior. Ahora Pinocho está siendo tentado desde fuera y, concretamente, se le está instando a obrar mal porque él es bueno. De modo que la tentación viene de fuera y, por eso mismo, la acción de acabar con el Mirlo es también externa al propio Pinocho: no toma parte y, prácticamente, no se entera de lo que está ocurriendo.

Entonces fue el propio Pinocho quien optó por seguir su capricho porque, decía, «de estudiar no tengo ningún deseo: di studiare non ne ho punto voglia», sólo le apetecía «comer, beber, dormir, divertirse y llevar, de la mañana a la noche, la vida del vagabundo». Ahora no. Quiere estudiar. No obstante, parece que obrará de un modo parecido. No mata al Mirlo, pero no es lo suficientemente sensato como para ver que lo están llevando a dónde no quiere ir.

¿Será capaz de reaccionar a tiempo o volverá a tropezar con una piedra muy similar, como hacen los humanos?

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