Hay manipuladores oportunistas y manipuladores degradadores.
Los primeros aparecen cuando una sociedad ya está cansada, desorientada o debilitada, y saben aprovechar esa fragilidad. Los segundos son más inquietantes: contribuyen antes a erosionar vínculos, destruir referencias, fomentar dependencia o vaciar de sentido la vida colectiva… para después ofrecer la melodía que promete salvar precisamente del vacío que ellos mismos han ayudado a crear.
Pero incluso entonces, el problema decisivo sigue siendo Hamelín. Porque ninguna melodía triunfa del todo si no encuentra algo roto en quienes la escuchan. Tal vez por eso la vieja leyenda del Flautista sigue resultando tan perturbadora siglos después. Sobre esa inquietante historia he reflexionado en este vídeo:
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