miércoles, 12 de junio de 2024

Juventud: grandeza y carencia

La vida se experimenta y se expresa de modos diversos en distintos momentos: infancia, juventud, madurez.

Nuestro mundo, tan poco intelectual, tan sentimental y, por tanto, tan dado a los planteamientos rotundos y categóricos, considera que la vida es sólo juventud, sólo pasión y gozo.

Y algo de eso hay en la vida de los hombres y los pueblos. Pero no sólo.

Algo de esto le entiendo a Houellebecq:

«En un mundo que sólo respeta a la juventud, los seres son devorados poco a poco»,

Houellebecq, Las partículas elementales, I, 110.

martes, 11 de junio de 2024

El suicidio de Occidente



 

El suicidio de Occidente

 

 

 

Manuel Ballester

 

 

Hace tiempo que se detecta una debilidad en nuestra cultura. Nuestro mundo es Occidente, un modo de entender y sentir el mundo que ha sido fruto de una larga tradición o, por decirlo con otros términos: Occidente hunde sus raíces muy profundamente, en Grecia, Roma y el cristianismo.

Toda cultura, también la nuestra, es fundamentalmente un legado, tradición, raíces que transmiten sabia para los nuevos brotes. Y las siguientes generaciones han de apropiarse de la herencia para seguir construyendo.

Fue Ortega quien señaló que el hombre moderno, el que está en crisis, se comporta como un niño mimado: piensa que todo le es debido, que lo tendrá siempre; no entiende que el primer deber es reconocer el valor de lo que recibe, ser agradecido e intentar subirse a hombros de los gigantes que son sus antepasados.

Michel Houellebecq (1956) cuenta en su haber con diversas obras notables en las que disecciona con precisión quirúrgica el desmoronamiento que se está produciendo ante nuestras narices. La novela Sumisión (2015) es, desde esa perspectiva, otra obra maestra. Una más en la serie de Houellebecq (recuérdese, por ejemplo, Ampliación del campo de batalla, 1994 y Las partículas elementales, 1998) y, a mi juicio, a la altura y complementaria a la célebre 1984, de Orwell.

viernes, 7 de junio de 2024

Los tiempos y las personas

Hay épocas bárbaras. Tiempos en que la relación básica con los otros está orientada al dominio, la explotación y el disfrute personal. Y nada más.

Pero las personas tenemos algo que nos permite afirmar nuestra libertad, dignidad, grandeza… por encima de nuestro tiempo.

Algo de esto le entiendo a Houellebecq:

«Con más de sesenta años, recién jubilada, accedió a ocuparse otra vez de un niño, el hijo de su hijo. A él tampoco le había faltado de nada, ni ropa, ni buenas comidas los domingos, ni amor. Ella le había dado todo eso. Un examen mínimamente exhaustivo de la humanidad debe tener en cuenta necesariamente este tipo de fenómenos»,

Houellebecq, Las partículas elementales, I, 15

martes, 4 de junio de 2024

Sobre la muerte

Hay un hecho tan innegable como universal: la muerte. Moriremos.

Y otro hecho, distinto pero muy relacionado: que el hecho de la muerte se aleje del “debate” público o, incluso, del ámbito de la conciencia.

Quizá merezca la pena pararse a pensar, admirarse ante lo paradójico (o lo aporético, que diría Aristóteles).

Algo de esto le entiendo a Houellebecq:

«Para el occidental contemporáneo, incluso cuando se encuentra bien, la idea de la muerte constituye una especie de ruido de fondo que invade el cerebro cuando se desdibujan los proyectos y los deseos. Con la edad, la presencia del ruido aumenta; puede compararse a un zumbido sordo, a veces acompañado de un chirrido. En otras épocas el ruido de fondo lo constituía la espera del reino del Señor; hoy lo constituye la espera de la muerte. Así son las cosas»,

Houellebecq, Las partículas elementales, I, 14.

viernes, 31 de mayo de 2024

Romanticismo o las canas de Penélope

 





Romanticismo o las canas de Penélope

 

 

 

Manuel Ballester

 

 

Cada época tiene su sensibilidad que se plasma en un conjunto de ideas sobre el mundo y la vida. Y esa sensibilidad es, para los hombres de esa época, tan natural como el aire que respiran. Son ideas y creencias en las que se está o, como diría Ortega, que más que tenerlas, “nos tienen”. No son necesariamente falsas; no son necesariamente verdaderas. Descubrirlas, cuestionarlas y ponderarlas es la arriesgada tarea que los intelectuales de cada época pueden asumir.

Es un riesgo porque la mayoría de la gente se siente agredida y violentada cuando alguien señala que alguna de estas ideas podría ser incompleta, deficiente o cualquier otro matiz de este tipo. A modo de ejemplo, piénsese en la época en que todos usaban peluca blanca para simular las canas de la vejez. Ahí la idea en la que todos creen es que la vejez es la mejor edad del hombre y, precisamente por eso, los jóvenes disimularon su edad y nadie osó defender entonces los valores juveniles. Los ejemplos, en fin, podrían multiplicarse.

jueves, 30 de mayo de 2024

Precio del desprecio de los valores

Cada época siente la vida de un modo peculiar.

También nuestro tiempo tiene sus luces y sombras; nos impulsa a pensar y sentir ciertos aspectos y descuidar otros. Y eso tiene un coste, claro.

Algo de eso le entiendo a Houellebecq:

«Los problemas de valores de la vida humana, de los que nunca se hablaba abiertamente, siguieron dando vueltas en todas las cabezas; se puede afirmar sin la menor duda que en parte contribuyeron, en el curso de las últimas décadas de la civilización occidental, al establecimiento de un clima general depresivo e incluso masoquista»

Houellebecq, Las partículas elementales, I, 12.

miércoles, 29 de mayo de 2024

El camino hacia lo humano

 

Dominar las ciencias, cualquiera de ellas, tiene su dificultad y su premio. Porque dominar tiene que ver con sentir que estamos por encima de lo que sabemos.

Pero, aunque se habla de ciencias humanas, sociales, culturales, etc,, lo humano en nosotros y en los demás se esconde. No se deja dominar por ese método que llaman científico.

Hay que recorrer otros caminos: quien lo probó, lo sabe.

Algo de esto le entiendo a Houellebecq cuando se mete en la cabeza de un ilustre científico:

«El universo humano —empezaba a darse cuenta— era decepcionante, lleno de angustia y de amargura. Las ecuaciones matemáticas le daban una íntima y serena alegría. Avanzaba en penumbra, y de pronto encontraba una salida»

Houellebecq, Las partículas elementales, I, 11